Estaba husmeando en el cajón de los recuerdos y he encontrado la pluma vieja de madera que me regaló mi abuelo. El día que cumplí dieciséis años me la dio y me dijo: – consérvala, en algún momento de tu vida te recordará que incluso las cosas más insignificantes tienen deseos y esconden sueños secretos. No te dejes engañar por las apariencias, esta pluma no siempre fue un vulgar y aburrido utensilio de madera. Si la tratas con respeto te lo agradecerá brindándote lo mejor de si misma. -y después de una breve pausa, al ver la cara de tonto que se me había quedado, me dio una colleja y añadió- Ya lo entenderás.
A pesar de que quería mucho a mi abuelo no presté mucha atención a aquella pluma vieja, que además no pintaba bien, y la guardé con los demás trastos a los que tenía cierto respeto.
Tal vez hoy sea un buen día para estrenarla oficialmente. Me siento, dispuesto y animado, así que abro el paquete de folios por la mitad más o menos y cojo uno. Pongo el papel sobre la mesa y lo miro fijamente. La mente se me queda en blanco, así que empiezo a jugar con la pluma vieja de madera que me regaló mi abuelo, esperando la llegada de la inspiración. Pero no hay manera, me cuesta inventar frases coherentes. La mesa está abarrotada de cosas que no sirven para nada, como siempre. Y yo no consigo concentrarme. El reloj despertador que hay encima de la estantería corre más rápido que de costumbre. Incluso tengo la sensación de que me mira con desdén. Debe estar resentido porque nunca lo pongo por las mañanas. Pero lo peor de todo es la desfachatez con la que posa, aparentemente tranquilo y seguro de si mismo, el protagonista de esta historia. Así que lo miro fijamente y le digo:
- No te tengo miedo, creo que debes saberlo. Tu poder de persuasión no podrá conmigo. Voy a hacer lo que me he propuesto hacer con tu ayuda o sin ella.
No sucede nada, no obtengo respuesta. La música continúa sonando. Tal vez está demasiado alta. Puede que no sea la adecuada. No me encuentro cómodo. La tensión del instante me incomoda tanto que empiezo a notar presión en la boca del estómago, como cuando estoy a punto de vomitar, pero esta vez lo que no puedo aguantar dentro son palabras de indignación. Me irrita la inmovilidad, creo que incluso me asusta. Irreflexivamente reacciono abriendo la boca y frunciendo el ceño, y justo después de una respiración profunda le grito con vehemencia:
- ¿¡quién coño te crees que eres, eh!?
Rara vez pierdo el control de la situación, pero en esta ocasión la impotencia puede conmigo. Empiezo a notar un deseo irrefrenable de taconear repetidamente con mi pie izquierdo sobre el suelo a modo de descarga. El acto reflejo se contagia a mi mano derecha que es con la que sujeto la pluma. Empiezo a golpear la mesa con sacudidas bruscas e involuntarias, hasta que en una de ellas acaba escapándoseme la pluma de entre los dedos y va a parar al suelo de la salita dejando en el aire el eco de un crujido.
Mientras la pluma vieja de madera yace en el suelo, la observo detenidamente y recuerdo como mi abuelo insistió en que la conservara y la mimara.
Me levanto de la silla apresuradamente, como si aún pudiera salvarla de una muerte segura. La poso sobre mi mano con sumo cuidado y vuelvo a sentarme revisándola a conciencia con la intención de descartar cuanto antes una lesión de importancia. –Parece que no ha sido grave -pienso en voz alta-.
Tras unos segundos me recupero del susto y vuelvo la vista al que un rato antes me había sacado de mis casillas, que no es nada más ni nada menos que el temido Folio en Blanco. Lo que pasa es que ahora ya no pienso en él, ni me intimida. Sencillamente me abstraigo en el recuerdo de mi abuelo y dejo que la pluma vieja de madera que un día me regaló me brinde lo mejor de si misma. Sorprendentemente ya no me molesta desorden de la mesa, ni la música, ni el paso del tiempo. Y prefiero dejarme llevar por la fluidez con la que ahora invento palabras, sin importarme si suenan bien o mal, sólo escribiéndolas instintivamente sobre el Folio, que ya ha dejado de estar en blanco, para convertirse en un relato, tal y como siempre soñó.
