22.4.08

Carlitos. Un niño. Le gusta el fútbol y tiene las cosas muy claras. - 2ª entrega [Escuela de Escritores]

Carlitos era un niño muy listo. Cuando tenía seis años ya decía cosas como: “la experiencia tendría que haberte enseñado que no me gusta la leche caliente”. Su madre se partía de risa, pero de todos modos en invierno siempre le ponía la leche caliente, o al menos tibia, y Carlitos siempre protestaba porque la quería de la nevera. Sólo se la bebía caliente si su mamá le echaba Colacao de ese que deja espuma por arriba. Luego, intentaba que su mamá no se diera cuenta que se iba a la escuela con el bigote manchado de espuma, así cada vez que le apetecía se pasaba la lengua y volvía a saborear el Colacao riquísimo de la mañana. Si se hartaba se limpiaba con la manga del jersey y ya está. Que pesada se ponía su madre con lo de limpiarse...

Pero antes del desayuno y de ir al colegio, había que despertarse, levantarse y vestirse, lo que no era nada divertido. Sólo le gustaba hacer todo eso el fin de semana cuando se iba a jugar a fútbol, que era su deporte súper favorito del universo, y además se despertaba más tarde que los días de cada día. El colegio no le gustaba nada, pero como no había elección iba sin rechistar. Mamá no estaba de acuerdo con eso, porque le decía: “Estoy harta. Cada mañana la misma historia. ¡Vamos a llegar tarde!”. Pero hasta que no faltaban tres minutos no hacía falta hacerle caso porque al final siempre llegaban a tiempo. Además a Carlitos le encantaba quedarse un ratito viendo la sección de deportes. Al medio día y por la noche también, aunque su madre le dijera que siempre daban lo mismo y que con verlo una vez bastaba.

Una mañana que no olvidaría nunca jamás de los jamases, su madre entró a la habitación para despertarle y levantar las persianas. Lusi, su gatita negra se coló por debajo de la manta como casi cada día para despertarle y jugar un ratito con él. El pequeño Carlos le dio los buenos días y la gatita le respondió con un par de maullidos. Mamá espetó: “¡Lusi, venga, fuera, fuera!” y luego añadió: “Carlitos, ahí tienes la ropa. A ver si hoy te vistes sólo y me das una alegría grandullón, que ya casi tienes ocho años”. Cómo aquel día era el último antes de su cumpleaños, pensó que lo haría él solito, así mamá estaría contenta y le cocinaría pizza de quesos para comer y a lo mejor guardaba un poco para cenar, como en su último cumpleaños. Además quería que le trajeran muchas pizzas para invitar a su primo, que aunque a veces era un poco pegón, se divertían mucho juntos.

Se puso el pantalón de chándal con la goma por encima del ombligo y pasó de la ropa interior, que le parecía un estorbo. El jersey que se iba a poner era su preferido, aunque su madre lo había tirado al suelo para lavarlo porque tenía restos del chocolate de la mañana anterior, pero a él le daba igual. Luego fue al lavabo para peinarse, sólo para contentar a mamá, porque eso de pasarse el peine le parecía una mierda, aunque esa palabra sólo la pensaba, porque sabía que no debía decirla delante de los mayores.

De camino al colegio, su madre le recordó que hacía un par de semanas habían pactado que cuando tuviera ocho años empezaría a ir sólo al colegio. Carlitos ya no se acordaba, dos semanas eran más de diez días, y eso era mucho tiempo. Pero mamá le dejó muy claro que los pactos no se rompían y de paso le amenazó con no dejarle ver la sección de deportes durante todo el día. Al niño le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo, que le subió hasta la nariz como el gas del primer trago de una coca cola, provocando que de sus ojos brotaran varias lágrimas. Hasta cinco lágrimas pudo contar Carlitos antes de perder la cuenta y comprender que aquello de cumplir años no era tan divertido y que el próximo día de colegio, que por suerte sería después del sábado y del domingo, o sea el lunes, sería ya mayor y tendría que ir sólo a clase.