En la necesidad de descubrir, quizás en la utopía de encontrar una forma de vida diferente a la socialmente correcta, partía mi familia, hace más de 20 años, con una mano delante y otra detrás, dejándolo todo aquí para ir en busca de un sueño alrededor del mundo.
Ese es mi motor también, el que me empuja a conocer los lugares más remotos, donde lo indispensable se convierte en trivial, y lo que pasa desapercibido aquí, es de pronto lo único importante.
Recuerdo que unos minutos antes de aterrizar, las vistas desde la ventanilla del avión no dejaban lugar a duda. Guatemala no me dejaría indiferente.
Saliendo del aeropuerto eres una pulga entre los más de 2 millones de habitantes (ciudad más poblada de Centro América).
Si agarras un taxi (“coger” tiene allí una acepción que puede ponerte en aprietos), fíjate bien que lleve el distintivo de autenticidad (es habitual que te roben). No está de más negociar la tarifa antes de subirte, si es que tienes tiempo, antes de que te arranquen la mochila de las manos en la pelea por ganar un cliente.
Estuve hospedado dos noches en el Hotel Hernani, en la zona 1, humilde y barato, donde la familia de Don Julio te tratará muy bien. Por esa latitud del mundo anochece sobre las 6 de la tarde, y aconsejan no salir a la calle después de las 8. Dicen que es peligroso.
Fiel a mi convicción de que nunca debes dejar que te lo cuenten, salí a pasear aquella noche. Fui testigo de la crueldad de una ciudad donde encuentras niños aspirando pegamento en cada esquina, mientras otros son echados a patadas de un Pollo Campero (un KFC guatemalteco) por pedir comida a algún gringo bien acomodado. La música chapina (guatemalteca) sonaba en los viejos casetes de algún puesto de venta que aun quedaba abierto, y se mezclaban decenas de olores nuevos en una calle donde un bolo (borracho) hacía esfuerzos inútiles para no caerse al suelo.
La supervivencia depende de la habilidad que uno tenga para sortear baches en la acera, o para cruzar calles donde los semáforos solo existen para los carros, y por supuesto, ¡olvídate de los pasos de cebra!
Todas las tiendas, casas y locales de cualquier tipo, tienen las ventanas y accesos protegidos por rejas. En la mayoría de los casos, también por un vigilante de seguridad, armado con una metralleta o un machete, dependiendo de si el nivel económico permite lujos o no.
La ciudad contrasta en su desorden con nuestro mundo, controlado y civilizado. Pero a la vez tiene un encanto especial, el de la aventura de no saber nunca que va a pasar.
La Guagua que me llevaría hasta Atitlán salía a las 7 de la mañana. Eran las 5. No recordaba haber abierto los ojos con aquellas ganas desde las colonias del cole. Haría aquel trayecto con la compañía Rebully, ubicada a 6 cuadras exactamente.
El pasaje de Guate a Panajachel (pueblo de dominio comercial y turístico del Lago Atitlán), cuesta 16Q (2€ aproximadamente).
En el bus, los pasajeros íbamos empaquetados a presión. Aquel medio de transporte, totalmente suicida, circulaba a toda velocidad y adelantaba sin visibilidad alguna, al son de bocinazos, para avisar a los vehículos que pudieran aparecer en dirección contraria (y eso como máxima medida de seguridad).
Además del conductor, en las guaguas, existe un copiloto que asomado al exterior grita el destino a modo informativo. En pocos segundos puede subir el equipaje más pesado al techo, volviendo al bus de un salto por la puerta trasera mientras grita “¡dele, dele!” para continuar la marcha.
Hay otras formas de transporte más cómodas y seguras por un poco más de dinero, pero la verdadera esencia del viaje está en mezclarte entre los indígenas. Y te aseguro que vale la pena vivir la experiencia.
Después de cuatro horas de tortuosas carreteruchas, calado hasta los huesos por el frío húmedo de la selva y cuando parecía que no llegaríamos jamás, apareció entre el tupido verde una visión de cuento.
Era el Lago Atitlán. La temperatura volvía a ser perfecta. Al fin encontraba, según ilustres viajeros, el lago más bonito del mundo, a 1600 metros de altitud, y vigilado por tres majestuosos volcanes, Atitlán, Tolimán y San Pedro.
Diez minutos después ya había llegado a Pana. Un hermoso lugar donde se respira paz. Vendedores de artesanía, indígenas vestidos con ropas típicas, taxis-bici y viajeros (y no tanto turistas como los conocemos aquí), llenaban la calle principal en perfecta armonía. Era raro ver un coche. La gente caminaba o iba en bicicleta. Y los colores y los nuevos olores eran esta vez agradables y enriquecedores.
En la calle principal encontré Mario’s Rooms, por azar. Es un buen sitio. Las habitaciones dan a un patio común. Son sencillas, aunque resultan realmente acogedoras y además, es baratito (40Q sin lavabo, 70Q con).
Una vez en el lago debes ir a ver los pequeños pueblos que lo rodean, en especial San Marcos, Santiago y San Pedro.
Pasé unas noches en el hostal San Francisco, en San Pedro. Cutre y mal acabado, edificado en una pendiente, inestable e inseguro en apariencia, es probablemente el lugar con mejores vistas al lago. El precio es de 15Q al día, tiene cocina comunitaria y encontrarás gente muy interesante.
No dudes en subirte a un cayuco, darte un baño o ir de compras al mercado. Al caer la noche túmbate boca arriba para ver las estrellas. Y si además coincide que es luna llena, no te pierdas la gran rave en la playa, es en San Pedro, y es una fiesta muy especial. No de es de extrañar por esta y mil razones más, que espero tengas el gusto de disfrutar, que viajeros de diferentes partes del mundo, al pisar estas tierras, queden atrapados para siempre.
Ese es mi motor también, el que me empuja a conocer los lugares más remotos, donde lo indispensable se convierte en trivial, y lo que pasa desapercibido aquí, es de pronto lo único importante.
Recuerdo que unos minutos antes de aterrizar, las vistas desde la ventanilla del avión no dejaban lugar a duda. Guatemala no me dejaría indiferente.
Saliendo del aeropuerto eres una pulga entre los más de 2 millones de habitantes (ciudad más poblada de Centro América).
Si agarras un taxi (“coger” tiene allí una acepción que puede ponerte en aprietos), fíjate bien que lleve el distintivo de autenticidad (es habitual que te roben). No está de más negociar la tarifa antes de subirte, si es que tienes tiempo, antes de que te arranquen la mochila de las manos en la pelea por ganar un cliente.
Estuve hospedado dos noches en el Hotel Hernani, en la zona 1, humilde y barato, donde la familia de Don Julio te tratará muy bien. Por esa latitud del mundo anochece sobre las 6 de la tarde, y aconsejan no salir a la calle después de las 8. Dicen que es peligroso.
Fiel a mi convicción de que nunca debes dejar que te lo cuenten, salí a pasear aquella noche. Fui testigo de la crueldad de una ciudad donde encuentras niños aspirando pegamento en cada esquina, mientras otros son echados a patadas de un Pollo Campero (un KFC guatemalteco) por pedir comida a algún gringo bien acomodado. La música chapina (guatemalteca) sonaba en los viejos casetes de algún puesto de venta que aun quedaba abierto, y se mezclaban decenas de olores nuevos en una calle donde un bolo (borracho) hacía esfuerzos inútiles para no caerse al suelo.
La supervivencia depende de la habilidad que uno tenga para sortear baches en la acera, o para cruzar calles donde los semáforos solo existen para los carros, y por supuesto, ¡olvídate de los pasos de cebra!
Todas las tiendas, casas y locales de cualquier tipo, tienen las ventanas y accesos protegidos por rejas. En la mayoría de los casos, también por un vigilante de seguridad, armado con una metralleta o un machete, dependiendo de si el nivel económico permite lujos o no.
La ciudad contrasta en su desorden con nuestro mundo, controlado y civilizado. Pero a la vez tiene un encanto especial, el de la aventura de no saber nunca que va a pasar.
La Guagua que me llevaría hasta Atitlán salía a las 7 de la mañana. Eran las 5. No recordaba haber abierto los ojos con aquellas ganas desde las colonias del cole. Haría aquel trayecto con la compañía Rebully, ubicada a 6 cuadras exactamente.
El pasaje de Guate a Panajachel (pueblo de dominio comercial y turístico del Lago Atitlán), cuesta 16Q (2€ aproximadamente).

En el bus, los pasajeros íbamos empaquetados a presión. Aquel medio de transporte, totalmente suicida, circulaba a toda velocidad y adelantaba sin visibilidad alguna, al son de bocinazos, para avisar a los vehículos que pudieran aparecer en dirección contraria (y eso como máxima medida de seguridad).
Además del conductor, en las guaguas, existe un copiloto que asomado al exterior grita el destino a modo informativo. En pocos segundos puede subir el equipaje más pesado al techo, volviendo al bus de un salto por la puerta trasera mientras grita “¡dele, dele!” para continuar la marcha.
Hay otras formas de transporte más cómodas y seguras por un poco más de dinero, pero la verdadera esencia del viaje está en mezclarte entre los indígenas. Y te aseguro que vale la pena vivir la experiencia.
Después de cuatro horas de tortuosas carreteruchas, calado hasta los huesos por el frío húmedo de la selva y cuando parecía que no llegaríamos jamás, apareció entre el tupido verde una visión de cuento.
Era el Lago Atitlán. La temperatura volvía a ser perfecta. Al fin encontraba, según ilustres viajeros, el lago más bonito del mundo, a 1600 metros de altitud, y vigilado por tres majestuosos volcanes, Atitlán, Tolimán y San Pedro.
Diez minutos después ya había llegado a Pana. Un hermoso lugar donde se respira paz. Vendedores de artesanía, indígenas vestidos con ropas típicas, taxis-bici y viajeros (y no tanto turistas como los conocemos aquí), llenaban la calle principal en perfecta armonía. Era raro ver un coche. La gente caminaba o iba en bicicleta. Y los colores y los nuevos olores eran esta vez agradables y enriquecedores.
En la calle principal encontré Mario’s Rooms, por azar. Es un buen sitio. Las habitaciones dan a un patio común. Son sencillas, aunque resultan realmente acogedoras y además, es baratito (40Q sin lavabo, 70Q con).
Una vez en el lago debes ir a ver los pequeños pueblos que lo rodean, en especial San Marcos, Santiago y San Pedro.
Pasé unas noches en el hostal San Francisco, en San Pedro. Cutre y mal acabado, edificado en una pendiente, inestable e inseguro en apariencia, es probablemente el lugar con mejores vistas al lago. El precio es de 15Q al día, tiene cocina comunitaria y encontrarás gente muy interesante.
No dudes en subirte a un cayuco, darte un baño o ir de compras al mercado. Al caer la noche túmbate boca arriba para ver las estrellas. Y si además coincide que es luna llena, no te pierdas la gran rave en la playa, es en San Pedro, y es una fiesta muy especial. No de es de extrañar por esta y mil razones más, que espero tengas el gusto de disfrutar, que viajeros de diferentes partes del mundo, al pisar estas tierras, queden atrapados para siempre.

También cautivado por aquel paraje entrañable, me sentí libre y feliz, privilegiado por haber vuelto al lugar que un día pisé, y volveré a pisar sin ninguna duda si la vida me lo permite.
Paseé durante un rato, como si el tiempo ya no importara, mientras pensaba… "ser feliz no es más que saber que estás en el camino correcto".
Recordad siempre que el horizonte no se acaba allí donde alcanza la vista, y que si nos ponemos de puntillas podemos ir mucho mas lejos.
Porque hay otra forma de vivir.
