6.12.06

Egipto



Hacía algún tiempo que rondaba por mi cabeza la idea de viajar a un país árabe. Casualmente fueron cuestiones profesionales las que me llevaron a Egipto, y precisamente por el carácter laboral del viaje, no pude trotar a mis anchas tanto como me hubiera gustado.
Siempre he pensado que un verdadero viaje se basa en la libertad, porque eso es precisamente lo que inspira. Digamos que esta vez, fue un híbrido entre unas vacaciones, y un viaje de los que a mi me gustan. Aún así este primer encuentro resultó ser uná auténtica sorpresa.




(Si te parece y para entendernos, de ahora en adelante, bautizaré como Turismo o Vacaciones, esos viajes organizados y meticulosamente cuidados, dirigidos por guías, destinados básicamente a la diversión fácil y sin riesgos. Y los Viajes propiamente dichos, serán los que nacen de la sed de conocimiento, del ansia de aventura, con ciertos riesgos, menos comodidades y total libertad.)

Según nuestro calendario, primero debíamos pasar por el Mar Rojo, después unos días en El Cairo, y finalmente cuatro más de crucero por el Nilo.
De todo lo que vi y conocí, la capital fue lo que me provocó mayor conmoción.

Aterrizamos en El Cairo después de poco más de tres horas de vuelo.
Más de 20 millones de personas convierten la capital en un hormiguero gigante.
Como en todo país subdesarrollado, las viviendas contrastan por sus acabados y calidades. Puedes ver un edificio enorme y relativamente moderno, y a su lado la chabola más desangelada. Las peores edificaciones se amontonan unas sobre otras, aguantadas en equilibrio, recordando a un castillo de naipes mal hecho. En muchos casos debes intuir la entrada, quizás perdida en el entresijo de callejones.
Entre los espacios ocupados, el cementerio es el más siniestro. Unas doce mil personas sobreviven en las capillas, cuidando las tumbas de los fallecidos como “precio de alquiler” para las familias viudas, y acondicionando estos extraños hogares en estancias de lo más completas.
La capital es un hervidero de gente en continua actividad. Ese ritmo frenético asusta al principio por el descontrol, la suciedad, la policía armada, la falta de señalización… el bombardeo de sensaciones tarda en asimilarse lo que dura un día, después todo empieza a resultar curioso, divertido y emocionante.

Recuerdo especialmente el caos del tráfico. Los automóviles circulaban por la calle inventando carriles, tronaban las bocinas y se repetían continuamente los frenazos. En esa confusión, los egipcios demostraban una calma abrumadora. Aquí por mucho menos de lo que estaba viendo hubiéramos provocado una pelea. Era su forma de circular, y a pesar del riesgo aparente, no llegue a ver ni un solo roce.
La policía de tráfico se movía rápido entre los coches para salvar su vida, tratando inútilmente de dirigir la circulación, totalmente descontrolada.
Mustafá me contó una anécdota mientras yo observaba atónito las calles que nos conducían al centro. Decía, y juraba no exagerar, que muchas personas para cruzar las grandes avenidas de la ciudad sin arriesgar sus vidas, se veían obligadas a coger un taxi. Me mantuve pegado al cristal del autobús mientras duró el viaje. Sentí una enorme pena de no poder bajar allí. En mi imaginación yo andaba entre la gente, con la mochila al hombro, jugando a ser uno más, sintiendo la crudeza de una realidad que por solidaridad, y por gusto, me tocaba vivir.

Dicen de El Cairo que es la ciudad que no duerme. Así que algunos de nosotros tampoco íbamos a hacerlo aquella noche. Después de unos días bajo la tutela del guía, algunos necesitábamos un poco de emoción. Cogimos un par de taxis y nos echamos a la calle. Debían ser las 2 de la madrugada y la ciudad parecía estar en hora punta.
Al llegar al mercado de Kan El-Kahlili me perdí un buen rato entre las callejuelas peatonales. La batalla comercial estaba servida. Decenas de comerciantes de todas las edades se me abalanzaban repitiendo frases pegadizas en castellano para llamar mi atención, solo algunos me tomaban equivocadamente por italiano. Esa habilidad para reconocer las nacionalidades a simple vista les facilitaba el contacto, y si bajabas la guardia un segundo no te dejaban hasta venderte algo.

Andar por la calles del mercado es como adentrarte en un laberinto. Es fácil despistarse entre vendedor y vendedor. Al poco de estar allí descubres que estás constantemente vigilado, la policía te cuida. Somos la mayor fuente de ingresos del país, eso lo explica todo. Tuve la misma experiencia en las calles del Pelourinho, en Brasil, aunque eso ya es otra historia.

El contacto con el pueblo árabe por primera vez es sin duda una sensación que no deja indiferente. Es un pueblo endurecido y luchador. Amable, simpático, muy respetuoso con la gente mayor. Con buenas dotes para el comercio, nada transparentes, y marcadamente machistas, aunque en pleno cambio debido a la influencia europea, la misma que los ha alejado de los antiguos egipcios, cultura que los dio a conocer históricamente.

Después de unos días de crucero, conocimos el poblado Nubio. No parecía tener nada que ver con el Egipto que habíamos conocido. Era la Andalucía de España, o la Cuba de Centro América. Los Nubios son cálidos, risueños, tranquilos… No me hubiese importado quedarme unos días allí, en alguna de aquellas humildes casitas de barro, a la orilla del Nilo. La mirada de aquellas gentes contagiaba paz, las mujeres sonreían iluminando sus rostros de la felicidad más envidiada. No pude evitar que allí se quedara una parte de mi corazón para siempre.

Hay sensaciones en un viaje, que se te pegan a la ropa como el perfume de una amante, y esas son las que no se olvidan nunca.
Navegar por el Nilo es una de ellas. Súbete a la cubierta y asómate por la borda solo para ver como te mueves, respira hondo y relájate… El paisaje combina el color oscuro del río, con el verde tropical de las orillas y la infinita arena amarillenta del desierto. Asomar la cabeza a la terraza según a que horas del día es como meterla en un horno. Pero debes sentir el aire que achicharra mientras te das un baño en la piscina y te tomas algún refresco para no derretirte.
El manto de estrellas que cubre la travesía al caer la noche es un espectáculo majestuoso, acompañado de un silencio natural que se echa de menos en las ciudades.
Podría continuar relatando las mil y una sensaciones, pero de algún modo he de acabar, y solo se me ocurre que, una vez descubierto el nuevo mundo, doy fe que volveré, quizás acompañado de una mujer si algún día la encuentro. Pocos viajes tan románticos se me ocurren.

Desde que era un niño, he tenido la suerte de poder viajar y he conocido diferentes maneras de afrontar y de entender la vida. He vivido experiencias agradables y otras no tanto, y en mi débil memoria se aglutinan ahora los recuerdos convirtiéndome en un orgulloso coleccionista de sensaciones. Porque hasta el recuerdo más doloroso es hoy parte inseparable de mi fortuna personal.