6.12.06

Cuba

Una vez más me encontraba a punto de partir. Repasaba cuidadosamente cada detalle de mi lista de equipaje para ordenarlo después con absoluta paciencia en mi mochila, mi única compañera de viaje.



Adoro ese momento en el que el viaje está tan próximo que la emoción es difícil de contener. Tengo la sensación de ser un recluso a punto de salir en libertad. El mundo está ahí ofreciéndome toda su belleza, y el tiempo deja de ser una condena para ser el vehículo de un sinfín de aventuras. Y es que solo cuando llega la hora de volver recuerdo cuan rápido pasa la vida aquí.



Durante el vuelo aproveché para hacer algunos planes. Sobre las hojas de mi guía seleccioné un lugar para quedarme a dormir la primera noche en La Habana, aunque mi única previsión, como de costumbre, acabó disipándose nada más pisar el terreno. La imprescindible improvisación con que había planeado mi viaje me impedía en todo momento adelantarme al siguiente movimiento. Esa era la forma en que había elegido vivir mi aventura, y así la llevaría a cabo.



Después de buscar y buscar, acabé instalándome en el primer lugar que encontré libre. Aquel hostalucho cutre y austero, se convertiría en mi cuartel general algunas noches. Ignoraba entonces que durante todo mi viaje no volvería a pisar unas estancias tan lujosas como el feo Hotel Lido. Esa noche paseé por centro Habana, entre prostitutas, jineteros, buscavidas, músicos y cientos de cubanos haciendo vida nocturna. Como si nadie pudiese verme, observaba cada detalle, grabando a través de mis sentidos los olores, las construcciones, el ajetreo callejero y la música, ingrediente esencial del cóctel cubano.



Durante los siguientes días continué mi viaje por tierras cubanas, con la intención de cruzar los más de mil km que separan la capital, al oeste del país, de Santiago de Cuba, totalmente al este. Recorrí lugares tan lindos como Trinidad, Camagüey, Santa Clara, Holguín o Gibara, aunque fue mi primera parada después de salir de La Habana la que más consiguió cautivarme.



Trinidad tiene algo especial. Su arquitectura colonial me recordaba a un pueblo de Andalucía. Tuve allí mis primeros contactos con familias, y descubrí la doble realidad del cubano, la que se ve, y la que se vive. Y es que la vida en Cuba no es fácil como dicen ellos, y no les queda más remedio que inventar. Gracias al bloqueo los alimentos y otros productos de primera necesidad son realmente escasos. Como si no fuera bastante, el régimen los priva también de las libertades más básicas. De este modo la vida cotidiana del cubano se hace realmente dura. Sus sueldos oscilan entre 500 y 1000 pesos cubanos (30 ó 40 convertibles/mes) en los mejores casos, mientras que la vida se desarrolla a nivel de convertible. Para soportar esos precios se ven obligados a realizar trabajos no declarados, arriesgándose a multas o hasta penas de cárcel desorbitadas.



Si hay algo realmente especial en esta gran isla del caribe, es sin duda la gente que la habita. Su capacidad resistencia y la resignación con que sobreviven, contrasta con la fuerza de seducción, el nivel cultural, y la calidez de un pueblo que hará de cualquier viajero una presa relativamente fácil en todos los sentidos.







Hacer snorkel en los arrecifes de playa Ancón, una excursión en caballo hasta cualquiera de las preciosas cataratas que hay en la zona, o simplemente pasear por el pueblo, son algunas de las actividades que puedes practicar. Pero es sin duda la enorme paz que se respira la que te atrapará en Trinidad, puede que para siempre.

En Santa Clara, la imagen del Che evoca ese espíritu revolucionario que se extiende a lo largo del país.. Nunca he conocido ningún pueblo más orgulloso de ser patriota, llegando incluso a contagiarte, a calarte hondo. Hoy soy un nuevo admirador de las dos revoluciones de Cuba, y especialmente del Che, por su valor y por su fuerza.

Tuve la oportunidad de viajar por el interior del país en diferentes medios de transporte, aunque nada fue tan gratificante como subirme a un Chevrolet de los años 50. Aunque después de varios días de viaje, agotado de tanto trajín, descubrí en mi mapa un pueblecito de costa relativamente cercano, que parecía ideal para descansar algunos días. Así que tomé rumbo a Gibara.

Encontrar hospedaje se empezaba a convertir en una dura tarea allá donde fuera. Recorrí todo el pueblo y finalmente, un hombre amable me guió hasta una casa clandestina. Una señora de piel oscura, de mirada endurecida y curtida por una vida con muy pocas facilidades, abrió la reja que protegía la casa. Puesto que según ella podía pasar por cubano, se limitó a advertirme para que fuese discreto, y me ofreció cama y desayuno por 15CUC. Al hospedar a turistas se arriesgaba a una multa de 1500CUC, “tendría que vender la casa, michico… ¿tu sabes?”, decía.

Ya a la luz del sol, y desde el mirador del pueblo, se podía ver un bonito Gibara salpicado de palmeras y ubicado en una linda bahía bañada por el océano Atlántico.
Aquel lugar me resultó realmente encantador. Solo algunos extranjeros en rebaños, que habían comprado un pack vacacional, invadían la paz del pueblo con sus ropas chillonas, sus pieles enrojecidas por el sol, gorros horteras y cámaras fotográficas y de video que retrataban con desenfreno cualquier ser susceptible de ser capturado. Inclusive yo fui atrapado por uno de estos cazadores de instantes confundido por un cubano. La burbuja en la que llegaban se los llevaba del mismo modo, pasados unos minutos, como si de la visita a un museo se tratara.

Viví varios días en Santiago de Cuba y pude conocer de cerca a gente muy especial.
Era fácil, solo tenías que sentarte en cualquiera de los lugares más concurridos y esperar. Siempre había alguien dispuesto a charlar contigo, a enseñarte algo, a llevarte aquí o allá, o a compartir. Si todo va bien, es normal que te engañen un par de veces o tres antes de, para la próxima, verlas venir. Es ley de vida.

La plaza del Parque es uno de esos lugares. Está ubicada en el centro de la segunda capital de cuba. Desde la terraza de un comedor solía observar la actividad de tres viejitos con guitarra, maracas y pandereta en mano, que estallaban a tocar cada vez que algún turista se aproximaba. Las jineteras esperaban a la sombra de alguna palmera que apareciese algún buen cliente. Aunque lo que más me gustaba observar era la mirada perdida de la gran mayoría de personas que simplemente se sentaban a pensar.

Al cabo de un tiempo de estar en Cuba, te conviertes en uno más, y aprendes a disfrutar del sosiego y la plenitud de un ritmo de vida que hace de cada día uno nuevo y diferente. La sencillez de un día a día en el que no se hacen muchos planes, solo el presente importa.

Mi última tarde en La Habana, antes de partir, estuve sentado en el Malecom con la mirada perdida en el horizonte mientras en mi cara se dibujaba una sonrisa. La aventura estaba a punto de acabar, pero nadie podía quitarme ya lo vivido!

Recuerda, hay otra forma de vivir.