23.6.08
Cuando no se actúa como se piensa, se acaba pensando como se actúa (IEC_20. Relato 3)
Un pitido casi inaudible, fue suficiente para despertarme y hacer temblar mi conciencia. Era el busca que estaba en el bolsillo interior de la americana, sobre la silla de la habitación. Debían ser las 7 de la mañana. Era mi mujer, seguro. Me esperaba ayer por la noche. Le dije que la conferencia en San Ángelo sólo duraba tres o cuatro horas y que a media tarde estaría de vuelta a casa.
Con la esperanza de despertar de la pesadilla cerré los ojos otra vez y reconstruí el momento en que hice la parada, a dos millas de Mile, en la Estatal 67, dirección Ballinger... “Maldito bar motero —lamenté mentalmente—. Mi padre debió zurrarme con más fuerza para sacarme esta basura de la cabeza cuando aún era un niño.”
Nunca he podido olvidar la expresión de su cara cuando, inconsciente de mí, aparecí en la salita de estar disfrazado de muñequita. Me había maquillado con destreza a pesar de tener tan sólo 6 años: las pestañas embarradas de rimel, las uñas de color rosa, sombra de ojos a juego con las uñas y un toque discreto de coloretes. Llevaba unos zapatos negros de tacón tres números más grandes y un vestidito azul con volantes de tul blanco y rosa de mi hermana. Mi madre estaba cosiendo un botón de la camisa de mi padre y él leía la prensa en su sillón. Al escuchar el taconeo torpón de mis pasos, mamá alzó la vista. Se le escapó un repullo y se quedó congelada durante unos segundos que me parecieron horas. Luego, como si alguien le hubiese golpeado en la boca del estómago, vomitó toda la comida sobre la camisa de mi padre. Después salió apresurada al jardín sin dirigirme siquiera la mirada y lloró amargamente durante varios días.
Aquella escena se me repetía constantemente. Volví a abrir los ojos pero me mantuve inmóvil, sin mirar al otro lado de la cama. Las paredes de la habitación se me caían encima y la poca luz que dejaba pasar la cortina de raso mostraba el escenario de la batalla: toda la ropa desperdigada por la moqueta, las colillas y los envoltorios de preservativo disputándose un pequeño espacio en el cenicero de la mesita, vasos de güisqui aguados, y un hedor a resaca que me revolvió las tripas y trajo de nuevo a mi madre a la memoria. Decidí incorporarme despacio para evitar el chirrido de los muelles y fui hasta la puerta recogiendo todas mis prendas esparcidas por la 323.
Desde la salida eché un último vistazo y contemplé su cuerpo desnudo. Dormía boca abajo con el torso y los glúteos descubiertos. Apreté los dientes, cerré los ojos y salí de inmediato al pasillo. Mientras bajaba las escaleras hasta el parking del Motel, guardé en el bolsillo de la americana el cuello clerical. Arranqué el coche, cerré los ojos para pedir perdón a Dios por todos mis pecados y besé el rosario que colgaba del retrovisor. Luego de secarme los ojos, busqué el móvil en la guantera, carraspeé un par de veces y llamé a mi mujer:
—Cariño, estoy de camino. Resulta que ayer la reunión...
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El celular y el cocotero (IEC_20. Relato 2)
En República Dominicana se vive tranquilo, sin estrés... Por algo los gringos sueñan con retirarse aquí, comprar un terrenito frente al mar y cultivar cocoteros el resto de su vida. Y nosotros tendríamos que dar ejemplo, pero no, en lugar de eso nos dedicamos a coger lucha, tú sabes. Supongo que el ser humano nunca se conforma con lo que tiene. O al menos esa sensación da Rodolfo, siempre pegado a su celular nuevo, de edición limitada y acabado en oro de dieciocho quilates. Ese cacharro del demonio le costó más de cien mil pesos, así que desde que lo tiene pasa el día hablando por él. Cuanta más gente hay a su alrededor, más veces llama; y cuando las circunstancias lo hacen pasar desapercibido, pasea de un lado a otro y levanta el tono de voz por encima del bullicio para que todo el mundo pueda verlo. Ese es Rodolfo, un dominicano-americano con muchos cuartos.
Hace un par de días Rodolfo pasó por su finca. El Jeep que conducía parecía inflarse y desinflarse con cada bongó bachatero. La música podía oírse desde la calle aún a pesar de llevar todos los cristales tintados cerrados a cal y canto. Además llevaba a rebufo una nube de polvo que se veía desde varias millas de distancia, por lo que su llegada iba anunciada como la de un rey, a lo grande. Solo faltaban las trompetas.
Bajó del todo terreno, miró por encima de sus gafas de sol a Benito y le dijo:
—Güey, ¿qué es lo que estás mirando? ¿Ya no conoces al matatán de tu hermano? —acto seguido sonrió, cerró la puerta del coche y dio un vistazo al muro que delimitaba su plantación.
—Me temo que no... —dijo Benito entre dientes mientras agachaba la cabeza y volvía a su trabajo.
Benito debía llevar varias horas picando piedra bajo el sol y no estaba para aguantar las impertinencias de su hermano. Ya tenía bastantes problemas para arreglar el pedregal que le había tocado cuando Rodolfo manipuló la herencia que les dejó su padre.
Rodolfo hizo como si no hubiera escuchado el refunfuño de su hermano y fue a inspeccionar el muro. Una de las palmas de coco había crecido hasta torcerse hacia la propiedad de Benito. Rodolfo pensó que su hermano había manipulado el tronco del cocotero para doblarlo y así apropiarse de sus frutos, por lo que lo acusó con dureza. Benito, que ya sabía bien cómo tratar a su hermano, se mantuvo tranquilo y sólo dijo:
—Rodolfo, ¿qué iba a hacer yo con cuatro o cinco cocos?
—Siempre te haces el tonto, pero sé lo que estás tramando, ¡embustero!
Rodolfo quiso darle una patada al cocotero con tanta rabia que no apuntó bien y le dio a la pared de bloques de hormigón. El dolor lo enfureció aún más. De un salto se encaramó al tronco y empujó con sus dos pies el muro para enderezar el cocotero, pero sus intentos fueron en vano y sólo consiguió balancearlo. El meneo fue suficiente para que se desprendieran varios cocos del lado de su hermano.
—¡Mierda! —Gritó—. Te vas a enterar ahora. Antes lo arranco que dejar que te lo quedes tú.
Se quitó el reloj, dejó el celular sobre el muro y se fue desbocado hacia el coche. Desenrolló la cuerda del motor de arrastre del parachoques frontal de su todo terreno y la enganchó al tronco. Luego accionó el motor de la polea. La palma se puso recta y después se dobló ligeramente hacia su parcela. Durante unos segundos le embargó la satisfacción de la victoria, que se evaporó en cuanto el gancho de la cuerda se partió y la palma volvió a dar varias sacudidas, esta vez con brusquedad. Cayeron casi todos los cocos dentro de la propiedad de Benito, menos uno, que cayó justo encima del celular último modelo que Rodolfo había dejado sobre el muro.
Benito a esas alturas ya había perdido el enfado y se limitaba a disfrutar del show de su hermano. “Si hubiera tenido una cámara...”, debió pensar.
Rodolfo, que vio como su celular nuevo se hacía trizas, salió del interior de la jeepeta con una tranca en la mano.
—¡Te voy a matar, coño! —gritaba descontrolado.
Intentó saltar al otro lado del muro, pero sólo consiguió alcanzarlo con un brazo y un pie, quedándose a caballo entre una tierra y la otra, como Don Quijote cuando montaba a Rocinante. En ese limbo estuvo el tiempo suficiente para que el destino, el azar o quizás el cocotero, resentido ya de tanto zarandeo, lanzase su último proyectil con tal puntería que le partió el coco en dos.
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